lunes, 31 de marzo de 2008

Día 9º.- 29.Oct.2007. Souvenirs, souvenirs

29.Oct.2008. Katmandú. En estos mismos instantes en los que escribo -ya sin diario que me sirva de guía- intento recordar el día anterior a mi regreso… Despertar tranquilo, salutaciones al sol, orden de equipaje... Me he tomado el día libre y no he quedado con nadie. Salgo a la calle. Soy consciente que es mi último día en Katmandú y me da un poco de yuyu (en realidad, un mucho de yuyu!). Aprovecho la primera hora del día para ir a la oficina de la compañía aérea y confirmar mi vuelo de vuelta. Coincido con unos empleados de Telefónica que llevan en el país casi un mes y han visitado los parques nacionales de Nepal con sus elefantes, tigres, rinocerontes,… (no está mal como viaje de incentivo). Veo pasar a los niños nepaleses con sus uniformes camino del cole. En un patio de colegio los chicos juegan al fútbol. Al borde del campo las chicas hablan entre ellas formando corrillo.

En estos días todo ha sucedido muy rápido y, en mi situación de “sólo ante el peligro”, mi cabeza se ha dedicado prioritariamente a organizar mi tiempo y resolver más o menos adecuadamente los retos que iban surgiendo sobre la marcha. Bueno, también han habido momentos de reflexión y momentos para el recuerdo. (La memoria, esa despensa de imágenes que aprovechan cualquier pretexto, cualquier resquicio, para colarse dentro de uno con su equipaje de sensaciones que a veces creíamos olvidadas. Y no sólo de imágenes: en esa despensa hay también olores, sonidos, sabores, tactos... ). Caminando por las calles de Thamel, me he acordado de quienes espero encontrar a la vuelta. (probablemente también me acordé de ti, que me estás leyendo!). Así que, en la víspera de dejar Nepal, me aplico en la labor de hallar "mensajes cifrados" escondidos en objetos, en cosas que llevaré a quienes andan zascandileando entre mis pensamientos. A cada uno, su “Rdo. de Katmandú”. La memoria ha acortado, súbitamente, la distancia entre Nepal y Madrid y la ciudad se ha asomado abriéndose paso en mi cabeza en la que las personas queridas se pasean con descaro mientras yo intento pensar en cosas que me gustaría que les gustaran, que usaran, que guardaran.... En mi deambular también voy descubriendo objetos que parecen gritarme el nombre de su proximo dueño. Lo paso bien y sin embargo pienso que, paradójicamente, a mí me pone un poco nervioso que me hagan regalos -por mi cumpleaños, por ejemplo-, como obligado compromiso... Me azoro imaginándome sin saber qué decir o qué cara poner cuando abra el paquete con la camisa horrorosa, la colonia que no usaré o el libro que ya he leído. No sé si debería hacer el esfuerzo de considerar que los demás lo hacen con la misma buena intención que la mía...o ser más asertivo... o deprimirme pensando; cómo me han podido relacionar con algo tan poco...indicado?

Durante la mañana recorro las calles. Entro en un establecimiento de “comercio justo”, visito una tienda de tibetanos que venden ropa de lana de yak, también el delicioso “Aroma Garden” con su excelente “bálsamo de tigre” y fragantes esencias del Himalaya, una especie de chiringuito en el que compro banderolas budistas de oración, otro con las obligadas t-shirts serigrafiadas o bordadas, una tienda de música, una joyería, una librería.... en una encuentro una preciosa postal alargada, ¡con una vista del amanecer en Nagarkot! Compro tres. Las enmarcaré en Madrid. Me quedaré con una y ya tengo pensados los otros destinatarios.
En fin, que me paso la mañana pateando Thamel y gastándome las penúltimas rupias.

Ya por la tarde, me reúno con Pedro, que ha regresado de Gokharna para compartir conmigo mi última noche nepalí. Vijay nos ofrece una cervecita en su casa y nos hacemos unas fotos con su familia delante de su "Nepa Cold Store" de Golkhopakha . Después nos vamos a cenar a un restaurante cerca de la "Kathmandu Guest House". Aunque es una cena frugal, hoy es un día especial y pido vino: muy caro y no muy bueno. Hablamos y hablamos. En nuestra conversación sale el tema de mi regreso. No me gustan las despedidas, dice Pedro, intento evitarlas pues me ponen triste. (En todo caso siempre estaré en contacto con él a través de su estupendo blog: http://www.nepalsunrises.blogspot.com/ )

Paseo nocturno por el bullicioso Thamel, pillo un pañuelo de pashmina y me voy a descansar a Elbrus Home. Mañana será un día muy largo. En la cama, con la luz apagada, repaso los “souvenirs” y me duermo tranquilo, entre la memoria, la realidad y los sueños.

Día 8º.- 28.Oct.2007. Kirtipur-Chobbar- Patan

28.Oct.2007. Hoy somos 4 en el pequeño taxi de Rup, pues Purna ha venido con su hijo de 10 años. (Three is a crowd; four.. ya lo contaré después). Salimos de Katmandú hacia el sur. El tráfico en la ciudad y para salir de ella es absoluta y maravillosamente caótico. La calle es un mar de vehículos que se desplazan lentamente, con dificultad, haciendo sonar su claxon con cualquier pretexto: para saludar, para anunciar una de maniobra, para llamar la atención…da igual. Hay un atasco permanente y no es fácil adivinar la dirección que llevan los coches, que se cruzan en un "totum revolutum", como abriéndose paso a codazos. Observo que las motos llevan instaladas unas gruesas barras metálicas a la altura de las rodillas, seguramente para evitar los golpes que deben ser frecuentes.. y también para colgar de ellas las bolsas de la compra!. (Días atrás me ofrecieron una moto para mis desplazamientos y no me atreví a aceptar, a pesar de que se trata de mi medio de transporte urbano diario en Madrid). En las calles de Katmandú, verdaderamente “se hace camino al andar”.

Hemos llegado a Kirtipur. Rup me dice que se queda a mis órdenes. No puedo aceptarlo, así que le digo que siga con su curro de taxista y que le llamaré cuando realmente lo necesite. Pone cara de mosqueado, le pregunto el porqué y no me contesta. Le pago –bien- y comienzo mi visita a Kirtipur, ciudad ubicada entre dos colinas que fue sitiada en el siglo XVI y a cuyos habitantes newaris, al ser finalmente derrotados, se les cortó nariz y orejas, salvo a quienes acreditaron saber tocar instrumentos de viento (el caprichito del unificador rey de Gorkha, Prithvi Narayan Shah). En el templo de Bhairab cuelgan aún las armas de los sitiados.
Visitamos después un hermosísimo templo y un soleado bihar budista en el que se reproducen escenas de la vida de Sidharta. Es un lugar encantador, lleno de paz.

Hace millones de años, Vishnú descargó su espada contra la montaña y, por esa herida se vació de agua el gran lago que ocupaba el valle de Katmandú. Se trata de la garganta de Chobbar hacia la que nos dirigimos en una hermosa caminata por el monte. A la orilla del camino hay árboles en los que reconozco la popular “flor de navidad” en su versión gigante. Pasamos junto a varios “chambaos” en los que familias enteras pican piedras con martillos y mazas hasta convertirlas en grava. Es para la construcción, me dice Purna. No muy lejos se divisa un lago en el que se bañan, alegres, jóvenes nepaleses.

Un puente colgante de cuerda une las dos orillas del desfiladero de Chobbar bajo el que corre y brinca, entre peñascos, el sagrado río Bagmati. Nos hacemos fotos en el puente junto a las banderolas de oración. Es un bello día. De regreso a Kirtipur, nos cruzamos con una joven y guapa mujer que camina sola -alta y delgada- envuelta en un sari y con la tika en la frente. Nos sonríe y pregunta por el camino a Bungamati (que está bastante lejos, por cierto). Purna la indica en inglés. Una vez que reanudamos nuestro camino, mi compañero me pregunta, malicioso, por qué no he dicho nada, pues le ha parecido que la chica era española. A mí también. I’m too lazy to share anyothers’ problems, le digo.

El último trayecto hasta Patan (Lalitpur, ciudad de la belleza), la tercera ciudad real del valle, lo hemos hecho en un taxi que nos deja en la plaza Durbar. La concentración de templos es espectacular y refleja la época de mayor esplendor en la historia de la ciudad, durante los reinos de la dinastía “Malla”. Subimos hasta la terraza del “Café du Temple” en la que la vista sobre la plaza es realmente fantástica. Purna me explica desde allí los tres tipos básicos de templos (la “stupa” o tsortseng budista, la “sikkhara” de piedra y origen indio y las “pagodas” de ladrillo y madera cuya forma de construcción se exportó a China y Japón). También me cuenta cómo las estatuas de los “garudas” –mitad hombre, mitad ave- siempre señalan hacia los templos que se dedican a Vishnú y la curiosa leyenda sobre el rey Yoganarendra, cuya alta estatua enfrente del palacio real está sometida a la vigilancia de un pájaro que aún espera su regreso,…Disfrutamos de la vista y nos tomamos una refrescante cerveza al sol. (Pujan, el hijo de Purna, se forra a cocacolas y a la tercera o cuarta el pobre echa la pela). Purna insiste en practicar conmigo el castellano que está aprendiendo. Una chica parece que nos ha escuchado, se acerca a la mesa y me pregunta: ché vos sos argentino también?.

Paseamos por Patan: el Palacio Real, el Templo Dorado, los chowks, los pokharis,.. En las calles se ven talleres y escaparates con innumerables –algunas inmensas- figuras de dioses y diosas hechas en metal (bronce, cobre, latón,..) En Patan hay una gran tradición de esta artesanía. Está cayendo la tarde cuando emprendemos el camino de regreso hacia Katmandú. Me fijo que en una cuneta crece un arbusto de marihuana. Finalmente pillamos un taxi y junto con otros coches, motos, autobuses, bicicletas,… pasamos a formar parte del caos del atasco, ahora nocturno. Tardamos un montón en llegar a casa de Vijay en donde dormiré hoy. Me despido de Purna y le doy las gracias y una pelas. Me promete que al día siguiente me devolverá la lonely planet que me ha pedido para fotocopiar algunas páginas (en castellano).
Salgo de paseo nocturno por el barrio de Thamel-la-nuit, en donde el tráfico está restringido. Como en noches anteriores llego a una calle en cuyo fondo hay un gran anuncio de Carlsberg que, a mí me sugiere la puerta de entrada a la movida nocturna de la ciudad. Todo está abierto: hoteles, restaurantes, tiendas, librerías, cybercafés, .. Por las calles circulan los rickshaws llevando turistas y pululan los vendedores ambulantes (Tiger balsam, sir?). Al doblar una esquina escucho “Message in a bottle”, interpretado en vivo. Hay grupos de música poprock que amenizan cenas o terrazas de copas. (Según me contaron, aunque yo no lo ví, por esta zona hay movidilla de droga y prostitución –masculina y femenina- para turistas ricos y viciosos).
Entro en la librería Pilgrin’s y me doy un paseo por el interior. Me encanta curiosear sus libros, mapas, objetos de escritorio,…Subo al primer piso y, al bajar, descubro un hermoso patio con mesas y plantas iluminado por velas… en donde se puede cenar! Me siento y aprovecho para poner al día mi diario. Cuando viene el camarero descubro que toda la comida que ofrecen es vegetariana. No importa. Se está en la gloria. Mientras escribo estas líneas, me doy cuenta que esa noche fue la última vez que escribí en mi cuaderno rojo y que el día siguiente fue el último en que hice fotos.

domingo, 30 de marzo de 2008

Día 7º.- 27.Oct.2007. La nubes de Nepal

27.Oct.2007. Son las 4.40 de a madrugada y aún es de noche cuando el pequeño Suzuki-Maruti acude puntual a la cita concertada. Hi, good morning, Rup. Después de media hora de trayecto, estoy a las puertas de un pequeño edificio escasamente iluminado. Bye, Thank you, Rup. Aún tardará en amanecer. Comienzan a llegar al lugar algunos vehículos -furgonetas y minibuses- de los que, entre sombras, se apea gente y descargan bultos y equipajes. En poco tiempo se ha organizado un considerable tráfico de personas que parecen conocer perfectamente los protocolos de un tránsito que yo ignoro por completo. Después de las oportunas preguntas e indicaciones me encuentro sentado en un asiento corrido de la pequeña terminal de vuelos domésticos del aeropuerto de Katmandú. Ahora entiendo. Los que vienen con equipajes son nepaleses o grupos de montañeros que van de trekking. Pequeños aviones de hélice de compañías nacionales les llevarán a Pokhara, Kakharbitta, Lukla… No es mi caso. Un hombre de unos 40 años se sienta a mi lado. Me pregunta en inglés y le confirmo que, efectivamente, yo también voy al “Mountain Flight”. Después de mi frustrada experiencia de Nagarkot, he decidido no perder la oportunidad de contemplar el esplendor del Himalaya, aunque sea desde el aire. (Voy al encuentro del ruido de avioneta que escuché ayer... si la montaña no viene a Mahoma…) Enseguida reconozco la procedencia de mi vecino de asiento y continuamos la conversación en castellano. Federico es de Toledo y no tardo en darme cuenta que es un verdadero “chubasca”. Aunque le he dicho que no soy montañero, él no encuentra razón para librarme del relato de los trekkings que viene haciendo desde hace años. En su narración, intercala comentarios sobre la mala calidad de la línea aérea que nos va a llevar hoy y que, si se retrasan, nos vamos a perder el amanecer. Es lo cierto que somos los últimos en embarcar.

Los dos motores del pequeño avión al que hemos subido una docena larga de intrépidos pasajeros van aumentando el estruendo a medida que calientan y suben sus rpm. Me ha tocado un asiento junto a la hélice. Federico, enfrente, me advierte que no vamos a ver nada pues las ventanillas están empañadas por fuera. No sé si decirle al piloto que me deje un trapo y las seco yo –dice …pero no hace-. Afuera hay una niebla considerable. (No puede ser, me digo: en este viaje me persiguen las nubes!… y eso que estamos en la estación seca!). Dado mi miedo a los aviones –y más a los pequeños… (recuerdo a mi querido Julio)- murmuro un “alea jacta est” y me abandono al destino con entrega total. Con un zumbido acelerado pero con gran suavidad, despegamos. Por debajo de la ventanilla -ya desempañada-, los tejados de Katmandú aparecen y desaparecen entre retazos de nubes grises... Y de pronto, en un instante, se produce el milagro, la visión: un magnífico sol ilumina la cordillera del Himalaya. Por encima, un azul potente, esplendoroso. A los pies de las montañas, como una alfombra, un compacto mar de nubes que impide ver el suelo. Me sale del alma: ¡estoy en el cielo!. Me relajo y disfruto del espectáculo. Escucho la voz de una hermosa muchacha, con delantal tibetano, que hace las veces de azafata y que desde el pasillo va recitando los nombres de las cumbres que van apareciendo en el cercano horizonte, al otro lado del ojo de buey.
Quien quiera puede visitar la cabina. Allá voy. Enfrente, enfrente, me señala el copiloto: Ahí está. The top of the world: El Everest!.

Lo del aterrizaje de este trasto no lo tengo yo nada claro dice Federico cuando vamos a tomar tierra, después de una hora exacta de vuelo. Afortunadamente el aterrizaje es perfecto.

Rup me está esperando con su pequeño taxi. Vamos a buscar a Purna, que me acompañará los próximos dos días. Hacemos una parada en Patsupathinat, que nos pilla de paso. Doy un nuevo paseo por este lugar que me fascina. En su parte alta descubro unas largas hileras de lingams y yonis de piedra y también una interesante vista de Katmandú en la que se divisa, a lo lejos, la stupa de Bhodanat. No quiero dejar pasar esta segunda ocasión: le doy unas rupias a unos santones y obtengo el permiso para fotografiarlos a gusto.

Más tarde en Katmandú, recorro con Purna sus mercados callejeros y con él descubro una nueva y diurna Plaza Durbar. Es ya mediodía cuando picamos algo en el ático de un edificio cercano al antiguo Palacio Real. Miro hacia abajo: una hermosa visión de “Freak Street”, soleada placita-paraíso de los hippies de los 60-70, hoy convertida en una explanada con puestos callejeros en los que venden souvenirs. Miro hacia arriba: asomada a una ventanita de lo más alto de una pagoda, nos saluda una turista. La devolvemos el saludo con un brindis de nuestras sanmiguel gigantes.

Por la tarde Rup nos lleva a Bungamati, aldea newari que se remonta al siglo XVI. Durante el trayecto hacia allí he podido ver como la población se afana en la cosecha, diseminada en grupos por los arrozales escalonados que componen el paisaje. [Me viene a la memoria la trilla en las eras del Carrión de los Condes de mi infancia]. Por la carretera nos cruzamos con grupos que ya vuelven de regreso a sus casas. Algunos llevan la recolección del día en un inmenso saco que cargan sobre la espalda encorvada sujeto tan sólo con una cuerda que se apoya más arriba de la frente.


Es un placer pasear por Bungamati, por sus estrechas calles a las que no tienen acceso los coches y donde aún no ha llegado el turismo. Las plazas exponen sus esteras de arroz al sol de la tarde y en algunos portales se puede ver trabajar a algunos artesanos del hierro y la madera, oficios en los que destacan los newaris, grupo de población abundante en la zona, con su propio idioma, sus ritos de iniciación… Paseando por Bungamati, visito el templo del patrón del valle, Rato Machlendranath y me cruzo con el tonto del pueblo, que también lo hay aquí.
A mi regreso a Katmandú, le pregunto otra vez a Rup qué le tengo que pagar por sus servicios (es taxista profesional y lleva todo el día pendiente de mí). Me dice que lo que quiera. Me incomoda la respuesta. Me surge la duda de pensar si es una especie de servilismo o si, en realidad, es un buscavidas que sabe aprovecharse de las circunstancias. Sin duda es más cómodo el taxímetro… pero estamos en Nepal!.

sábado, 29 de marzo de 2008

Día 6º.- 26.Oct.2007. Esperando el amanecer. Luna llena en Durbar Sq.

26.Oct.2007. Es aún de noche cuando suena la alarma del móvil, programada para las 5.45 de la mañana, media hora antes del amanecer. Abro lo ojos y miro por la ventana: la luna se ha ido y la oscuridad es total. Salgo a la pequeña terraza de mi habitación y planto en ella el trípode y la cámara de fotos enfocando hacia la negrura de la noche. De regreso en el interior del cuarto, vacío todas mis pertenencias sobre la cama y las organizo haciendo pequeños montoncitos: la ropa limpia, mis papeles, el neceser,… Todos los días hago este pequeño ritual que me ayuda a “organizarme”, mientras voy imaginando el transcurso del día: lo que voy a hacer y a necesitar, con sus posibles variantes… Una vez que tengo mis cosas “organizadas”, me siento mejor, más tranquilo y dispuesto a lo que sea.
[En Madrid, al final del día, montones de papeles y carpetas se disputan la superficie de mi mesa de trabajo en un precario e inestable orden. Si en esos momentos me visita alguien de confianza, le digo: ves la mesa? Pues así tengo la cabeza!].
Con calma y sosiego hago mis salutaciones al sol…astro que, por cierto, aún no ha hecho acto de presencia.

Ya son las 6.10 hrs. Salgo de nuevo a la terraza, en donde la oscuridad devora enseguida la tenue luz que sale de la bombilla de mi habitación. Aunque me he abrigado, siento frío, un frío que parece más intenso por la ausencia de luz. Cierro la boca, inspiro y el frío sube por el interior de mi nariz. Silencio. Sopla una ligera brisa, sin ruido, sin olor.. Miro hacia un horizonte que me invento, que no sé siquiera dónde está. (Por dentro, estoy ilusionado, nervioso, expectante.). El tiempo pasa… pero nada pasa. O sí. A lo lejos, algo se ilumina débilmente. Enfoco mis ojos -y mi cámara- hacia ese pequeño punto de referencia. Es el sol, un pequeño trozo de sol rojo-violeta que, al cabo de unos segundos, sin embargo, desaparece. Me ha dado tiempo a hacer un par de fotos. Paciencia. Me mantengo expectante. Pasan unos minutos y una franja de frío fuego aparece otra vez en la lejanía, aplastada entre nubes que parecen sólidas como rocas. No dura mucho. La herida del cielo se cierra y vuelve la oscuridad, quizá ahora un poco más clara. A partir de entonces y durante toda la mañana, para mi desesperación, las nubes van a ir ganando todas las batallas al sol y las montañas permanecerán ocultas sin comparecer a la cita, sin que pueda siquiera adivinarse su presencia. La niebla irá ocupando los rincones del aire, impidiendo ver apenas más allá de unos pocos metros. A media mañana escucharé las voces de unos niños por detrás de la neblina y también, por unos segundos, arriba en el aire, el ruido de una avioneta. Objetivo no cumplido. Mi gozo en un pozo. Una ocasión perdida.
[No sé si tiene que ver con el avance de la edad –de la mía, claro-, pero me resulta recurrente, lately, la sensación de “dejar pasar algunas oportunidades”, “no saber aprovechar el momento justo”… El convoy llega hasta mi lado y aminora tanto su velocidad que un solo paso me permitiría incorporarme a él. Sólo un paso, así de fácil. Pero son apenas unos segundos, porque enseguida acelera su marcha y vuelve a partir sin mí. A veces imagino el interior del vagón en el que no monté… Me consuelo pensando que quizá el viaje era a ninguna parte]. FFG

Al mediodía, asimilada la "derrota", cargo con mi mochila –y la ventanita de Bhaktapur, que no se me olvida- y camino hacia el cruce de la carretera en el que me dejó la “guagua” el día anterior.
[Si es verdad que no es más rico el que más tiene sino el que menos necesita, quizá resultaría cierto también que la felicidad es de aquél que sabe conformarse y adaptarse a los acontecimientos. Sin embargo creo que cada uno es libre de situar su umbral personal de conformismo en donde le parezca. Y yo, creo, que cuando se me mete una cosa entre ceja y ceja...]
Al llegar a la "parada", no veo ningún autobús, pero tengo la oportunidad de negociar con un nepalés el hecho de compartir un pequeño taxi hasta Katmandú. Allá vamos. Bueno, el nepalés se queda en un pueblo a mitad de camino y proseguimos viaje el taxista -que no sabe ni papa de inglés- y yo. En el camino observo que, de vez en cuando, hay una presencia de hombres uniformados en determinados puntos de la carretera. A medida que nos vamos acercando a Katmandú, la presencia de policías y soldados va aumentando. Sobre todo en los cruces, en los que se sitúan vehículos blindados y camiones del ejército. Ya está, deduzco: están a la espera de una ofensiva de la guerrilla maoísta. Me arrepiento de no haber hecho caso a la guía que previene del riesgo de los ataques de los insurgentes… y cada vez veo más uniformes al borde de la carretera. Con disimulo intento captar con la cámara el dispositivo militar, a través de las ventanillas del coche. En esas estoy cuando, de repente, se escucha un ruido ensordecedor de sirenas acercándose y una compacta caravana de coches todoterreno pasa por el medio de la carretera, en dirección contraria a la nuestra, a toda velocidad. Un rato después, mi taxi ha llegado a Katmandú y me deja en casa de Vijay. Allí me enteraría que el rey de Nepal viajaba esa tarde con su comitiva a cumplir con un ritual religioso a Bhaktapur. Al parecer el monarca no es una persona muy querida y confiada de su pueblo.

Armado con el trípode y mi cámara, por la noche recorro las inmediaciones de la plaza Durbar de Katmandú, llenas de gente que pasea, compra, vende, vive,… Tal aglomeración de gente debe tener que ver con que continúan las celebraciones de la fiesta de Dasaín. Los templos están iluminados y muy concurridos. En frente del palacio real hay una reprodución de Hanuman, el rey mono, siempre tapado. A la vuelta de una esquina, una imagen de Bhairab amenazante. Entre los tejados, descubro de nuevo la luna llena. Qué bella es!

sábado, 15 de marzo de 2008

Día 5º.- 25.Oct.2007 De Bhaktapur a Nagarkot

25.Oct.2007. En la guest house, un grupo de japoneses (esta gente llega a los confines del mundo!) se levanta tras desayunar en la larga mesa comunitaria a la que yo me incorporo. Al terminar mi desayuno “frutal” echo una ojeada al titular que encabeza el ejemplar del “Kathmandu Times” que los turistas han dejado sobre la mesa: “Diarrhea becomes epidemia”. Habrá que procurar una profilaxis de comidas calientes, agua embotellada… y tener suerte!
Comienzo el día con una visita al espectacular templo de Nyatapola, el más alto del Nepal. Sus escaleras están flaqueadas por los defensores del templo: los célebres guerreros rajputs Jayamel y Phattu, cada uno dotado con la fuerza de diez hombres. A medida que asciendo, me voy encontrando con nuevas parejas de guardianes que multiplican por diez, según la creencia popular, la fuerza de los anteriores: elefantes, después leones, después grifos y en lo más alto, las dos diosas protectoras de la misteriosa y tántrica Siddi Laksmi… a la que no logro ver pues su estatua se guarda en el cerrado interior, reservada su contemplación a los sacerdotes. Lo que sí se puede ver, girando la vista hacia abajo, es una preciosa plaza que se extiende, llena de vida, a los pies del templo.
El sol ilumina la plaza Durbar, en la que ahora no hay muchachos jugando con sus cometas como el día anterior. Sentado sobre una piedra recojo esquemáticamente en mi diario algunas de las cosas que he encontrado en mi paseo de esta mañana: templos en los que se hacían sacrificios rituales, una gran “ficus religiosa” -como la de la iluminación de Buda- junto al santuario de Ganesh (el simpático dios de la buena suerte con cabeza de elefante), artesanos exponiendo su cerámica junto al horno comunal, puestos de venta de carnes extendidas en la acera y olisqueadas por perros, una enorme pintada maoísta con su hoz y su martillo, pokharis –aljibes de todos los tamaños, hasta 74 hubo en su día-… y por todos lados mujeres aireando arroz sobre esteras de esparto. Una voz me distrae de mi escritura. Es la de un muchacho nepalés. Se llama Anil, habla inglés y se ofrece a servirme de guía. Le propongo un recorrido al margen del circuito turístico al uso. OK. Durante un par de horas caminamos por Bhaktapur y charlamos.

Anil me explica las características de los tres principales dioses, Brahma, Shiva y Vishnú, pero renuncio a aprenderme sus respectivas encarnaciones, manifestaciones, vehículos, diosas… los miles de nombres que componen el inmenso panteón hinduísta. Me resulta difícil imaginarme que alguna persona, no nacida en estas tierras, se pueda un día “convertir” a una religión tan compleja. A pesar de que mi guía se confiesa ateo, la religión ocupa, a mi juicio, el lugar más importante de la vida nepalí. Por doquier veo templos y en ellos, a todas horas, nepaleses de cualquier edad y condición realizando sus pequeños ritos y oraciones. Resulta gracioso que hayan de tocar una campana para “despertar” al dios de turno y que les haga caso. Es también habitual ver cuencos con arroz y flores junto a imágenes de dioses en pequeños rincones de las casas, improvisados locutorios para conectar con la divinidad. La religión es omnipresente. (el opio del pueblo de Marx, me recuerda Anil), aunque su práctica, al menos la que yo he visto, es muy intimista: individual o familiar; lejos de las concentraciones masivas de fieles arengados por enardecidos predicadores de otras conocidas religiones monoteístas. Por ello parece difícil pensar que, a pesar del caldo de cultivo que constituye la miseria de la mayor parte de la población, de estas creencias puedan surgir cruzadas o yihads. (Recuerdo también a Savater y su “Panfleto contra el Todo”). Parece existir una gran tolerancia entre religiones y unos difuminados límites entre la práctica del hinduísmo –mayoritario- y el budismo –minoritario- . Me entero que Sidharta nació en Nepal.

(En la oscuridad del templo de Narva Durga vuelvo el rostro y descubro sobre una piedra la decapitada cabeza de un búfalo, víctima de un sacrificio, que me mira con los ojos salidos de sus órbitas. En Inacho Bahal, dos jóvenes y sonrientes monjes nos sirven de guías y posan para nosotros junto a una gran estatua dorada de Buda. Junto al río Hanumante un sacerdote oficia un pequeño rito enfrente de un hombre vestido sólo con una tela de cintura para abajo y la cabeza rapada, salvo una minúscula coletilla. Un familiar suyo ha muerto hace poco y la tonsura impedirá que lo olvide durante un tiempo: al menos el que tarde en crecerle de nuevo el pelo.)

En nuestro paseo por la ciudad, Anil se ha cruzado con amigos y conocidos. Me ha sorprendido que, para saludarlos, adelantara presuroso su mano en busca de las de los otros, de una manera que se me antoja poco natural, forzadamente “occidental”. Y el saludo Namasté? -pregunto. Me cuenta que, entre los jóvenes, la costumbre actual es estrecharse las manos. Me viene a la cabeza cómo el saludo está cambiando también entre la juventud occidental: give me five y tal... También me cuenta que él, y la mayoría de la juventud, está deseando largase del país e ir a vivir a otro más desarrollado. Algunos amigos suyos ya se han ido a probar suerte a India, Rusia,… Me pregunta si yo podría conseguirle trabajo en España. Eso sería la mejor propina que yo le podría dar, me dice al terminar nuestro paseo, al tiempo que me facilita su dirección de email.

Por la tarde el hermano de Krishna me acompaña a la “estación de autobuses”. Por el camino oigo a mi espalda: Eh, amigo, amigo. Me vuelvo y, asomado a la puerta de su comercio, sonríe el rostro del dependiente de la tienda de artesanía, el que estudiaba español. En el viaje a Nagarkot tendré que cargar, además de con mi mochila, con una incómoda bolsa de basura negra que lleva en su interior una reproducción en madera de una ventana de Bhaktapur... que no cabe en la mochila.

- You ought to get in this bus… You can also wait one hour and get in that other one.
- But the other one is nearly as crowded yet.
Finalmente me subo al autobús (¿?) que va a salir de forma inmediata hacia Nagarkot. A duras penas consigo entrar y abrirme paso entre la gente que abarrota esta especie de “camioneta con asientos”, hasta llegar cerca del chófer. Éste me indica un pequeño espacio sobre la caliente tapa del motor interior, junto a la palanca del cambio, en donde cabe, apretado, mi culo. Peor se ha de ir de pie, me consuelo. Y peor aún, aunque habituado, debe ir el cobrador cuya cabeza veo a través de una ventanilla, por fuera del autobús. Ignoro cómo irán los que van “acomodados” entre los bultos que se agolpan en la baca exterior, sobre el techo del autobús (…se tendrán que agachar si pasamos bajo los árboles… veré salir despedido a uno agarrado a su maleta en una curva cerrada?... los puentes por el centro, por favor…) Por un momento pienso que no voy a poder resistir mucho tiempo, que me va a dar un ataque de ansiedad, aplastado entre la gente, mi mochila y la “ventanita de Bhaktapur” que en los baches se me clava en la cara mientras trato de eludir el puño del conductor cada vez que cambia de marcha. Respiro hondo, intento relajarme y miro a mi alrededor: un padre con su hijo, una anciana con un sari rojo, una muchacha jovencita de bellos ojos y peinado recogido, una mujer dando el pecho a su bebé, el rostro del cobrador enmarcado en la ventanilla como si fuera un presentador de TV. También ellos me miran. Soy el único occidental en el autobús. A mi cara de angustia, me responden sonriendo, cercanos, amigables. Intento esbozar una sonrisa de circunstancias y me la devuelven sonriendo aún más. Se me ocurre que si supieran inglés o algún otro idioma “vehicular”, se pondrían sin duda a hablar conmigo de inmediato, a preguntarme de dónde soy, qué hago aquí sólo, a darme ánimos… Como en un trastorno bipolar, el péndulo viaja al otro extremo y me relajo… pienso que estoy entre gente maravillosa y, en un ataque de euforia, noto que se me ríen hasta los huesos y me pregunto si habrá en el mundo alguien más feliz que yo en estos momentos. Botín, desde luego que no.

Me despido por señas de mis compañeros de viaje. Después de una hora de trayecto por una estrecha y mal asfaltada carretera que ha ido ascendiendo la ladera del valle, inclinándonos en cada curva que se abría paso entre árboles y una feraz vegetación a medida que el conductor daba vueltas y vueltas al gran volante, hemos llegado a un cruce. De él parte un camino que he de recorrer andado, ahora yo sólo, con mi mochila a la espalda…y la “ventanita” de los….

Al caer la tarde he llegado al hostal “Chantauri Keyman”. Se ha hecho de noche y hay algo de niebla. No he podido ver el atardecer. No importa. Será mañana cuando podré ver el espectacular amanecer de Nagarkot en el que el sol se despereza en el horizonte, por detrás de la cordillera, tiñendo de luces y colores, poco a poco, las nieves del Himalaya. Primero un resplandor oscuro, luego los granates y violetas, los rojos, los amarillos, por fin la luz blanca poderosa del astro rey que irisará el paisaje, obrando el milagro diario de iluminar la vida en uno de los lugares más bellos de la tierra. Ceno y pongo al día mi diario. Me acompaña una hermosa luna llena.