domingo, 9 de marzo de 2008

Día 4º.- 24.Oct.2007. En Bhaktapur: sólo, perdido y... encantado

24.Oct.2007. Casi al término de mi cuarta jornada de viaje, entro en un cibercafé de Bhaktapur. Por unas pocas rupias me conecto a Internet y –yo solito, por primera vez- consigo acceder y escribir en mi blog, aunque sea sin tildes:

Ya son las 7 de la tarde aqu'i en Bhaktapur a donde hemos venido esta manana y en donde me quedar'e a dormir. Se trata de una ciudad medieval nepal'i que fue la capital del reino hace muchos anos. El tr'afico est'a restringido por lo que es una delicia poder pasear por sus calles y visitar sus templos a Shiva, Visn'u,...pero sobre todo coconcer a sus gentes que realmente parecen de otro siglo. Por lo visto aqu'i se rod'o una parte de El Pequeno Buda de Bertolucci. Estos d'ias son las fiestas de Dasain y los suelos de las plazas p'ublicas de Bhaktapur esta'an cubiertas de espigas de arroz que las mujeres ponen a secar al sol, a beldar y al atardecer cada familia recoge lo suyo hasta el d'ia siguuiente. El arroz es el principal alimento de los nepaleses
Ahora, por la noche, se escuchan pequenos grupos de ancianos que cantan mantras con tambores y cr'otalos a las puertas de los templos. La gente es encantadora y muy hospitalaria. Despu'es de que ha anochecido hace m'as de una hora, las calles est'an llenas de gente paseando. Parecer'ia la tarde de domingo en un pueblo cualquiera, si no fuera por la tez oscura y la vestimenta de los paseantes con sus saris, sus topis... las adolescentes que pasean del brazo con vestidos de colores viv'isimos, son guap'isimas y muy t'imidas...si les dices algo sonr'ien azoradas, juntan las palmas de las manos a la altura del cuello y dicen: Namast'e, el saludo nepal'i.

El día había comenzado con mis salutaciones al sol, la duchita, recogida y orden de equipaje y el desayuno en la terraza con Ale. En mi camino hacia la casa de Vijay, me entretuve un poco tratando de buscar un regalo que le gustara a Pedro pues cumplió años antes de ayer (al final, una navaja multiusos.. cunera, claro!). Después hemos viajado en taxi a Bhaktapur –Bhadgaon, ciudad del arroz- en donde hay que pagar 750 NR -10,00 euros aprox.- por entrar! Aunque aquí es una pasta, tampoco es cuestión de poner cara de digno y darme la vuelta! Entramos directamente a Durbar Square –Plaza Real- que es como entrar directamente en un escenario de ensueño. Una estatua del terrible Bhairab (manifestación de Shiva) y otra de la no menos terrible Durga (manifestación de su esposa Parvati) dan la bienvenida. A un lado, el Palacio de las 55 ventanas con su impresionante Puerta Dorada –Golden Gate- y, conformando irregularmente la plaza, extraordinarias edificaciones en piedra, ladrillo, madera labrada: Una copia del templo de Patsupathinath, el templo de Vatsala Durga, la columna del rey Malla, Char Dham (cuatro pequeños templos que representan los lugares de peregrinación hinduísta para los que no puedan viajar), la gran campana de Taleju,…pero aún me impresiona más caminar por sus calles en los que la vida discurre en una hermosa e increíble atmósfera oriental-medieval.

Después de comer, Pedro y yo nos despedimos. Él regresa a Gokharna y, a partir de ahora seguiré el viaje yo sólo. Armado con la lonely planet y la cámara de fotos dejo que mis pies me lleven por el corazón de la ciudad sin un itinerario fijo. Vago por estrechas calles y pequeñas plazas en donde se seca el arroz. A veces llego a pasadizos sin salida y tengo que darme la vuelta ante los ojos curiosos de los lugareños. Al cabo de un tiempo tengo que rendirme a la evidencia: me he perdido. Es absurdo preguntar pues no me entenderían, así que intento orientarme hacia donde veo mayor tránsito de gente, buscando alguna de las calles principales que me lleven de regreso a Durbar Square. Aparezco, sin embargo, en Tachupal Pole, la antigua –y bellísima- plaza central de Bhaktapur. (Lo de Tachupal suena a México precolombino, a que sí?) Sonrío mientras hago fotos a las escenas eróticas talladas en madera del templo de Dattatreya. Ya orientado, visito Thaumadi Pole, Potters’ Square,… Entro en una pequeña tienda de artesanía (aquí son famosos los artesanos de la madera; magníficas ventanas con celosía y marcos labrados profusamente: muy famosa la Peacock Window). El vendedor es estudiante ¡de español!. Ante su insistencia le digo que, antes de irme de la ciudad, le compraré la miniatura de una ventana labrada. Localizo un cibercafé e intento, con éxito, publicar unas cuantas frases en mi blog.

Después de caminar durante horas y horas por Bhaktapur, me voy a descansar, sólo, en la guest house “Golden Gate”, regentada por unos amigos de Pedro. Confieso que esta tarde cuando me perdí, además de sentirme un poco “torpe”, también he experimentado el vértigo de la soledad. Hasta ahora Pedro ha sido mi guía y se lo agradezco en el alma. También le he de agradecer haberme dejado sólo, aunque orientado: como una flecha disparada desde un arco, que sólo los vientos o los obstáculos podrán variar su recorrido. Me siento bien pensando que ahora podrá dedicar el tiempo a lo que realmente le ha traído aquí y yo me encuentro “really excited” (mezcla positiva de entusiasmo y nerviosismo) ante mi nueva situación. Me esperan unos días apasionantes con su dosis de incertidumbre. Parece que mi mente viaja a tiempos remotos en los que me tenía que buscar la vida yo sólo. Estoy encantado.

lunes, 3 de marzo de 2008

Día 3º.- 23.Oct.2007. Impresiones y emociones en Katmandú.

23.Oct.2007. Cuando me despierto, tardo tiempo en asimilar el “cuándo” y el “dónde”, pero me doy cuenta rápidamente “cómo” estoy. Estoy pletórico. Descalzo en la habitación, hago unas salutaciones al sol (yoga). Me ducho con agua caliente. Ordeno mis cosas. Ale, mi anfitrión, tiene preparado un desayuno frutal en la terraza de “Elbrus Home”. Pedro no tarda en llegar. Me pide que me asome a la balaustrada de la terraza. Abajo en la acera veo unos chavales desarrapados que hurgan entre las basuras. No van a la escuela. Se pasan el día en la calle. Si te fijas, dice Pedro, podrás comprobar que aspiran pegamento de unas bolsas de plástico. (...)

Pillamos un taxi que nos lleva a uno de los establecimientos de “Maiti Nepal” www.maitinepal.org . Al parecer, la enfermedad y la muerte de su joven hija en Nepal, fue la causa de que un magnate alemán destinara importantes fondos para financiar esta institución de acogida con la que Pedro viene colaborando desde hace años. Al llegar, compruebo que ocupa unos edificios muy bien construídos -mucho mejor que los de su entorno-, con aulas, enfermería, jardines,….. Entramos. Es la hora del recreo y un montón de niños y niñas juegan en los jardines. Al verlo, muchos de ellos reconocen en seguida a Pedro y corren alegres a saludarlo: Namasté… namasté. Mi compañero de viaje es una persona verdaderamente popular aquí. “Uncle”, le dicen; algunos incluso le llaman "was-bah" (padre en nepalí)... El se dirige a cada uno por su nombre y reparte caramelos y regalitos que trae en los bolsillos. Después de esta algarabía infantil, subimos a la “Clinic”. Al poco tiempo aparecen Apshara y su hija. Se abrazan a Pedro. Las manos y los ojos de los tres hablan de sentimientos muy bellos. Salimos de Maiti Nepal. En unos tendederos hay lanas teñidas de colores que se secan al sol. (...)
Caminando un breve trecho llegamos a Patsupathi. A orillas del sagrado río Bagmati, Patsupathi-nath es el más importante santuario hinduista del país. En sus aledaños, hay multitud de puestos en los que venden flores frescas para las ofrendas. Abundan unas flores naranjas –me recuerdan a los “tajetes”- que insertan en collares en los que brillan poderosos los pétalos, como con luz propia. Llegamos al Panch Deva. Se trata de un asilo para indigentes a cargo de cooperantes y Hermanas de la Caridad (Teresa de Calcuta). Entramos en un amplio patio. Es la hora de la comida. Unos cuantos ancianos, en pequeños grupos o en soledad, se afanan con una escudilla de zinc que parece contener arroz hervido. Observo que muchos están descalzos. A algunos se les cae la comida antes de que llegue a la boca. Entro en el edificio. Aquí todo está en semi-penumbra. Hay pasillos a modo de barracones en los que se alinean pobres camastros cubiertos con pobres telas. Un poco más allá un gran caldero humea en la precaria cocina comunitaria. Sigo caminando. En una especie de lavadero, una monja con rasgos orientales lava con ahínco un cuerpecito desnudo y escuálido. Continúo mi recorrido y llego al “comedor” dispuesto en un pasillo al que llega la luz de fuera a través de huecos abiertos en las paredes. Los ancianos se sientan a las estrechas mesas con sus escudillas. Pedro y Purna -un joven amigo nepalés que se nos ha unido- han trabajado aquí en años anteriores y saludan a los comensales. Namasté. Mira, ese es sordomudo. Aquella es una ciega muy simpática. La de al lado, la que sonríe tanto, tiene lepra… Donde quiera que dirijo la vista veo cuerpos deformados, mutilados, desechos. Junto mis manos y, con forzado gesto de alegría, yo también saludo. Me responde un mar de sonrisas desdentadas. Siento que me mareo. Busco el camino hacia fuera. Estoy de nuevo en el patio. Sobre sus paredes hay colgadas grandes fotos con los rostros de los “inquilinos” de este lugar. Como si fuera uno más en la fila de los retratos, de su mismo tamaño, descubro lo que en realidad es un espejo. Al mirarme en él, bajo mi imagen reflejada, se puede leer una frase impresa: “Tú también, algún día, podrás ser uno de ellos”. Salgo de allí. Tengo un nudo en la garganta. Intento que mis acompañantes no vean mis ojos congestionados por las lágrimas. (...)

Cruzando el puente sobre el río, se tiene una imagen de conjunto del santuario. Enfrente, una escalera sube por la colina y a un lado, se alzan un buen número de pequeños templos alineados a poca distancia unos de otros, que se me antojan grandes “confesionarios” de piedra. Junto a ellos, con escasa ropa y el cuerpo untado de ceniza, los sadhus (hombres santos) se exhiben al sol. Purna me comenta que para fotografiarlos hay que pedirles permiso y darles una limosna que ellos se gastarán en marihuana, su principal “alimento espiritual”. Intento hacerles fotos sin pagar ese peaje, disimulando; no me salen bien.

Vuelvo la vista al otro lado del puente, el que dejé atrás. Con la perspectiva que da el ancho del río puedo contempla el esplendor del gran templo de Patshupati “el señor de las bestias”, una de la encarnaciones pacíficas de Shiva, dios creador y destructor del panteón hindú. (Los no hinduístas no pueden acceder al interior del templo aunque podrán atisbar, desde su entrada occidental, el gran trasero dorado de la inmensa estatua de Nandi, el toro de Shiva). Bajo el templo, junto al río se sitúan los ghats, las plataformas de cremación de la familia real. Ahora están vacías. Purna me comenta que en 2001, cuando se produjo la misteriosa masacre palaciega, no daban abasto con las incineraciones. A la izquierda del puente, los ghats del pueblo llano. En uno de ellos apenas quedan unos rescoldos humeantes. En la plataforma próxima, va a comenzar una cremación. Sobre una pira de gruesos troncos, un cadáver envuelto en tela está cubierto de paja. (Pedro me dice que cuantos más posibles tenga la familia, más y mejores troncos tendrá la pira; si la familia es pobre, la escasez de madera hace que a veces el cadáver no llegue a convertirse en cenizas) Hay una pequeña ceremonia en la que el hijo del difunto, un niño vestido apenas con una ligera tela se introduce en el río. En poco tiempo el túmulo funerario se ha convertido en una gran hoguera que se eleva hacia el cielo. Los deudos permanecen en una estancia enfrente, hasta la consumación completa. Las cenizas se tirarán al río, afluente del Padre Ganges. Miro a Purna, con quien compartiré alguna jornada más y le pido que, si yo muriera en Nepal, me incineren junto al Bagmati. Observo que hay niños metidos en el río hasta las rodillas, portando unos palos. Al principio pienso que están pescando. Me explican que buscan monedas y las joyas de los difuntos. (...)

Un taxi nos lleva a Gokharna en donde hay otro establecimiento de Maiti Nepal que alberga a mujeres y niños seropositivos. Al llegar nos enteramos que los niños han salido de excursión. Sólo queda media docena de chicas sonrientes, encantadoras. Nos enseñan la cuadra que han construído para un par de vacas y también unos cabritillos recién nacidos. Un poco más allá, alejada del resto de los edificios, hay una casita pequeña. En su pequeño jardín, tres chicas están sentadas sobre una estera, al sol. Más sonrisas. Namasté. Pedro roza con el dorso de su mano la mejilla de una de ellas y su rostro resplandece tras el amago de caricia. Son un grupo de seropositivas y están apartadas de los demás por sufrir, además, hepatitis contagiosa. (...)

En nuestro regreso a Katmandú, nos detenemos en la aldea de Bhouda, lugar emblemático del budismo tibetano del que antaño partían las caravanas a Lhasa y que constituía la entrada de los mercaderes del Tibet antes de entrar en Katmandú. Hoy alberga una gran comunidad del exilio que huyó en 1959 y numerosas escuelas y monasterios budistas. Sobre una terraza desde la que se divisa una de las mayores stupas del mundo, la de Bodhnat, comemos algo y compartimos una botella de San Miguel de 660 cl. Pedro me explica el “Ek” de Buda. Estamos en la gloria. Pedimos una nueva sanmiguel para compartir y le pregunto un montón de cosas a mi amigo, que me contesta hablándome de sus trabajos y viajes, de sus experiencias con sectas, de su familia, de sus creencias, … Le interrumpo demasiado a menudo y él, cada vez, me mira con gesto extraño: tengo que aprender a escuchar mejor. Al caer la tarde decenas -cientos- de tibetanos caminan ceremonialmente, cada vez más numerosos, alrededor de la stupa. Con el precioso mantra dentro de los oídos, también nosotros caminamos entre monjes y monjas, hombres y mujeres del Tibet de toda condición: ..Om Mani Padme Hum.. Om Mani Padme Hum.. Al poco tiempo estamos ya inmersos en lo que se ha convertido en una gran procesión, un inmenso gentío que ya apenas cabe en la plaza y que gira y gira alrededor de los ojos de Buda. Om Mani Padme Hum. Me emociono de nuevo. www.youtube.com/watch?v=t4Ri37iAyWk (...)

Philip llegó a Nepal y decidió quedarse a vivir allí. Abrazó el budismo y montó un pequeño hotel en Katmandú que me recuerda un carmen de Granada: pequeña edificación, piedra y madera, acogedor, con jardín, árboles,… Un buen (mal) día, después de pasar toda la noche en vela hablando y sincerándose con su mejor amigo, inesperadamente, Philip se murió. Mi amigo Pedro, que lo conocía, acudió a sus exequias por el rito budista (muy hermoso, me contó). También lo hizo Yolanda, una joven suiza que estando ocasionalmente alojada en ese hotelito, a partir de entonces, decidió convertirlo en su hogar y nuevo modus vivendi cogiendo el testigo de Philip, hasta el día de hoy. Con Yolanda conversamos ya de noche en el jardín a la luz de las velas. Nos cuenta que el año pasado decidió pasar unos días de reflexión en Suiza. Al poco tiempo regresó a Nepal, con más ganas. Ahora está construyendo un albergue fuera de la capital, en la montaña. Estará atendido exclusivamente con chicas que provienen de Maiti Nepal. Además de solidaria, es inteligente: la guerrilla maoísta activa en el medio rural del país no ataca a las mujeres, por considerarlas inferiores. Manda huevos! (La vida en un instante)

De nuevo en Katmandú, cenamos en la pizzería “La Dolce Vita” sita en el bullicioso barrio de Thamel. Antes de regresar a la pensión le comento a mi amigo que he vivido tanto estos dos días que sólo por ello ya me hubiera merecido la pena este viaje. Sé que hay cosas que mi mente occidental va a tardar en asimilar. (...)

Llego al edificio de “Elbrus Home”. Ale no está, pero hay gente conversando en la noche fuera del portal y alguien me abre el candado de la verja metálica de fuelle que sirve de puerta. Subo al 4º piso. La pensión está cerrada. Llamo. No responden. Llamo de nuevo insistentemente. No hay respuesta. Bajo de nuevo los cuatro pisos. Llego al portal y ya no hay nadie: la verja está cerrada con el candado echado. No puedo salir. Me planteo dónde dormir: los tres pisos superiores están deshabitados y derruídos... Cuando empiezo a temer que alguien pueda surgir de entre las sombras y me dé el palo, de la oscuridad de la calle aparece un Ale sonriente que regresa de tomar un té. Acostarme en una cama me parece un regalo del cielo. (...)

domingo, 17 de febrero de 2008

Día 2º.- 22.Oct.2007.Gonzalo en el Tibet. A dream comes true

22.Oct.2007. 11.00 hrs . Una hora y media después de dar vueltas y vueltas sobre el nublado cielo de Katmandú, nuestro avión finalmente desciende, atraviesa el mar de nubes y aterriza felizmente en el principal aeropuerto de Nepal. Mi cabeza también deja de dar vueltas... y al bajar la escalerilla el día aparece ahora espléndido, luminoso… ¡a estrenar!. (se me pasa por la cabeza la idea de besar el suelo; poco original, no?). En la sala de recogida de equipajes, reina un maravilloso desorden de maletas, grandes cajas embaladas (electrodomésticos?), mochilas con piolets y crampones,… Enfoco con mi canon a Pedro que me hace señas mientras navega por un mar de bultos intentando encontrar nuestras bolsas de viaje. (Después -demasiado tarde- me diría que esos aspavientos me querían avisar del cartel que prohibía hacer fotos en el recinto). Por un momento hemos temido la pérdida de nuestras maletas pero aparecen... las últimas. Pillamos un taxi para el “centro”. Es fácil comprobar que aquí los taxis no pasan la ITV. Mientras circulamos por una carretera a modo de travesía urbana de firme irregular con curvas y sin semáforos, mis ojos vuelan a través de la ventanilla y recorren, ávidos, el paisaje y el paisanaje. Casas bajas dispuestas sin mucho orden, hombres, mujeres y niños de tez tostada al sol caminando, en bicicleta o en moto (hasta 5 ví en una sola moto!). En esos momentos pienso que apenas sé nada acerca del país y me doy cuenta que mi sueño de viajar al Nepal ha sido una apuesta del corazón, un reto al destino, una romántica meta de ilusión casi adolescente, tan bella, tan necesaria… o tal vez una huída?

Cuando Vijay le dijo a Pedro lo que costaba un préstamo para levantar una vivienda sobre la planta baja que ocupa su “Nepa Cold Store”, mi amigo no dudó en prestarle el dinero. Al cabo de unos meses, además de los familiares de Vijay, también Pedro disponía de su habitación en Katmandú, sus fotos en las paredes y todo dispuesto para cuando él fuera por allí. Y es precisamente allí adonde llegó nuestro taxi: Namasté…, juntando las palmas de las manos a la altura del pecho la familia de Vijay, uno a uno, inclinan la cabeza ceremoniosamente, namasté, siempre de frente, namasté, no nos tocan –la gente aquí apenas se toca-, namasté, namasté… pero sonríen, ¡Dios mío, cómo sonríen!, ¡sobre todo con la mirada!. Pedro no puede más y, después del saludo protocolario, les coge las manos, alegre, emocionado. Apenas usan palabras, todo se dice con los ojos, que brillan a estallar y se empañan de lágrimas.… Mi amigo se hospedará en “su” casa… yo dormiré en “Elbrus Home”.

Cuentan las leyendas –y parece que avalan los geólogos- que el valle de Katmandú fue un gran lago del que brotó (swayambhu), como una flor de loto, la colina en donde reposa este templo (nath) llamado “de los monos”, al oeste de la ciudad. Se trata de una gran “stupa” budista a la que llegamos a media tarde. Llaman la atención las largas tiras multicolores de banderolas de oración con mantras tibetanos que parecieran formar el esqueleto de una inmensa carpa que cubre el lugar. Caminamos alrededor de la stupa (zócalo-cúpula-chapitel-pináculo y sombrilla) de forma ortodoxa -en el sentido de las agujas del reloj- mientras algunos fieles voltean las ruedas de oraciones. Aprendo lo que es un “path” (refugio de peregrinos) y un "gompa” (monasterio budista tibetano). Aprendo también que hay una diosa Tara verde (china) y otra blanca (nepalesa). Veo la gran estatua dorada del Buda histórico, Sakyamuni y los primeros monjes (¡uno luce un peluco que parece de oro!). Intento fotografiar a un vendedor de tanghkas con un solo diente.. y cierra la boca las tres veces que lo intento. Junto al pétreo gran “Dorje” (rayo en tibetano, símbolo tántrico masculino de la fuerza y compasión masculina / la campana es el símbolo de la sabiduría femenina), se despliega hacia el fondo del valle, desplomándose como una alfombra ladera abajo, la gran escalera oriental que los peregrinos ascienden en su particular vía crucis. Me vuelvo a encontrar con los increíbles ojos de los niños mientras hacemos el recorrido inverso, hacia abajo, en donde nos tomamos una cerveza reparadora. Observo que cuando los nepaleses dan algo con su mano derecha –como el cambio restante del pago de una cerveza- hacen el gesto de apoyar el codo sobre la palma de su mano izquierda en señal de respeto.

Caminamos hacia el barrio de Thamel. Yo me detengo una y otra vez para mirarlo todo, intentando llenarme de la vida que hierve a borbotones en las calles, en los puestos de fruta, en los templos, en los juegos de apuestas, en los establecimientos de dentista (los clientes clavan una moneda en el exterior por cada dolor de muelas del que se han librado), junto a las pequeñas figuras de adoración religiosa que surgen en cualquier rincón, teñidas con los colores de las plegarias… Llegamos al modesto y acogedor restaurante “Yak” cuando ya es de noche. Pruebo el “curd”, yogur de búfala. Antes de irnos a descansar, visitamos un cybercafé en el que abrimos este blog.
Son las 20.30 hrs (hora local) cuando llego a “Elbrus Home”. "Ale" me está esperando con su amplia sonrisa. Namasté. Antes de caer rendido a dormir escribo mi diario. Estoy feliz, pero exhausto. Me despertaré a las 3 horas… y me volveré a dormir, en paz, de un tirón, hasta las seis y media de la mañana. Atrás queda una de las jornadas más largas de mi vida. Estoy exhausto, pero estoy feliz.

domingo, 10 de febrero de 2008

Día 1º.- 21.Oct.2007. De Madrid... al cielo?

21 de Octubre de 2007.

8.30 hrs. En el vestíbulo de la T-1 de Barajas. Juan Ignacio ha venido a despedir a Pedro que, sorprendentemente, lleva el mismo (escaso) volumen de equipaje que yo, a pesar de que él tardará 33 días en regresar. Comienza un día apasionante, una jornada casi interminable.

11.25 hrs. Cinturones apretados… el avión corre cada vez más rápido por la pista… la espalda contra el asiento… y… ¡arriba!.. ¡allá vamos!.. me “despego” de la tierra.. estoy en el aire.. ¡ha comenzado mi viaje!.
En el largo vuelo a Qatar recuerdo mi pequeña fiesta de 50 cumpleaños en La Bardemcilla. Pedro y yo habíamos hablado, por enésima vez, de mi ilusión por viajar con él a los escenarios de “Tintín en el Tibet”. Con él, que, desde hace casi 20 años, acude todos a su anual cita con Nepal en donde, sospecho, “vive” un mes tras otros once en Madrid en los que “sobrevive”. Pero este año 2007 era especial y se iba a cumplir mi sueño, mi “hessiano” Viaje al Oriente. Releo “Siddharta” en el avión.

19.30 hrs (18.30 hrs de Madrid). Llegada al aeropuerto de Doha. El interior de la terminal me sugiere la imagen de un moderno mall comercial que alguien ha dejado caer en medio del desierto. Tenemos que esperar otras 6 horas para nuestro vuelo a Katmandú. Mientras le echo una ojeada a la guía de Nepal (Lonely Planet), observo curioso el tránsito humano por el interior de este aeropuerto que para mí –y quizá para otros- es la puerta de Asia. De camino al embarque, los aseos o las tiendas, deambulan decenas, cientos de personas con sus bolsas de viaje, sus trolleys, sus revistas en la mano. Europeos, japoneses, indonesios, chinos, filipinos, coreanos, saudíes,… se entrecruzan –como extras de cine dirigidos por el regidor- y buscan en las pantallas de plasma sus destinos: Hong Kong, Dacca, Lahore, Singapore… Visito el bar. No hay vino. El sabor de la cerveza sin alcohol que pido en la barra es el de un agua en el que han macerado espigas de cebada. Puaj!

2.15 hrs de la madrugada del 22.Oct.2007 (1.15 hrs de Madrid). El Airbus 330 de Qatar Airways levanta el vuelo hacia nuestro destino. Es un trayecto más corto, como de unas 4 ó 5 horas. Aunque no consigo dormirme del todo, leo y me relajo. Cuando nos anuncian la maniobra de aproximación al aeropuerto está amaneciendo en Nepal. Durante unos momentos puedo ver a través de la ventanilla las soleadas cimas del Himalaya que emergen del espeso mar de nubes que cubre el valle de Katmandú. Descendemos, nos sumergimos en una inmensa e incierta nube de algodón sucio, vamos a aterrizar... no... el avión, de pronto, ha acelerado sus motores a la máxima potencia y remonta el vuelo, ascendiendo de nuevo a los cielos. Al poco rato el capitán nos informa que ha tenido que abortar la maniobra de aterrizaje por causa de la escasa visibilidad. ¡Dios santo! Con el miedo que yo paso en los aviones… me tenía que pasar a mí. La megafonía nos anuncia que el aterrizaje se demorará unos 20-30 minutos. Intento distraerme mientras mi compañero de viaje duerme plácidamente a mi lado. Al cabo de media hora, vuelven a anunciar otra demora de igual duración ante la persistencia de la adversa meteorología. Los pensamientos negativos empiezan a invadir mi cansada cabeza: aterrizaremos de emergencia en otro aeropuerto? ... se agotará el combustible?... nos pasará como a Tchang en Tintín en el Tíbet?... Pienso en la posibilidad de morir en un accidente aéreo, pero lo hago de una forma distante, como si no acabara de creérmelo. Quizá por eso, a pesar de la aprensión, no siento pánico, aunque un montón de imágenes y pensamientos acuden a mi mente sin orden alguno. Respiro profundamente. Sogyal Rimpoché y el Don Juan de Castaneda enseñan, que para vivir, se ha de tener a la muerte siempre presente, como compañera (las luces de los faros de un coche que nos sigue a lo lejos, sin acercarse ni adelantarnos, en un solitario y nocturno viaje por la carretera al desierto). Bueno, por un momento pienso que éste no sería un mal lugar... Confío en que los que me quieren piensen lo mismo. También pienso que las estrellas que se ven en el cielo de Madrid son las mismas que se ven en Doha, en San Petersburgo, en Estambul, en Katmandú…

domingo, 3 de febrero de 2008

0.- Del diario al blog

22 de Octubre de 2007. Pedro, mi “guía-sherpa” en este viaje -el viaje soñado de mi vida-, se empeña en abrir un “blog” para mí. Es de noche -mi primera noche en Katmandú- en un cibercafé del barrio de Thamel. Estoy agotado . Se me cierran los ojos y mi amigo, inasequible al desaliento, me pregunta con entusiasmo: ¿Cómo quieres que se llame el blog? ¿Qué colores te gustan para los fondos de pantalla? Mira que fácil es importar una foto... ¿ves? Apenas logro contestar a sus preguntas. En su ánimo no parece influir todo el tiempo que llevamos de viaje. Salimos de Madrid hace más de 30 horas. A mí, cada minuto me pesa en los párpados y no puedo más. Me da la impresión de que mi falta de atención le está decepcionando… pero es que él duerme en los aviones y yo…no!

Meses más tarde

Durante mi viaje, todos los días -o mejor dicho, todas las noches- antes de caer rendido en la cama, he escrito un diario. Lo visto y vivido ha sido tan variado y novedoso que quería dejar constancia de todo. No bastaban las más de 100 fotos que tomaba cada día. Tenía que intentar reflejar mi experiencia y mis sensaciones en negro sobre blanco. Por eso, a la escasa luz disponible, cada noche escribía y escribía hasta que el sueño me iba venciendo. Y, cuando sentía que eso iba a ocurrir de forma inminente, con una letra apenas ya legible, apuntaba las últimas palabras que al día siguiente me servirían de claves para recordar y seguir escribiendo. No quería olvidarme de nada!


Releo mi diario y me propongo ahora transcribirlo en este nuevo medio, este espacio virtual cuya puerta me abrió Pedro. Confieso que supone un reto personal a mi pudor, pues hasta ahora, nada de lo que he escrito “para mí” ha traspasado el umbral de lo íntimo: han sido textos en los que he intentado reflejar pensamientos o sentimientos que tienen que ver con ocasiones muy concretas. O quizá debería decir “arrebatos”, pues en esos momentos mi estado de ánimo solía estar “disparado”: eufórico a veces, otras apesadumbrado o angustiado,… En ese trayecto directo del alma al papel, el torrente de palabras no respetaba reglas estilísticas, sintácticas, ni ortográficas! Y así guardé esos escritos: “garrapateados” en hojas sueltas entre páginas de libros, perdidos en el disco duro del PC o apenas esbozados en cuadernos, como éste de tapas rojas que recoge mi diario de viaje. A partir de él intentaré reescribir lo vivido, pero esta vez utilizando un lenguaje “inteligible” también para otros. Tal vez así encuentre una nueva forma de “viajar” en la que tú, que me estás leyendo, quieras acompañarme.